El narcisismo: Origen interno de las relaciones conflictivas

Lic. Arturo Balderas Rangel

Al nacer percibimos el mundo como prolongación de nosotros mismos. Por lo tanto nuestras necesidades deben ser satisfechas de inmediato, como ocurría en el vientre materno. Nos damos cuenta que la realidad no es una extensión de nosotros cuando experimentamos pequeñas frustraciones, cuando nuestras necesidades no son satisfechas de inmediato. Es en ese momento que empezamos a percibir al mundo como distinto de nosotros.

La energía y la forma para exigir la satisfacción de nuestras necesidades, a esta edad, son el llanto y la rabia. Si las necesidades no son satisfechas adecuadamente, si las frustraciones son mayores a lo que podemos soportar sanamente, aparecen la inseguridad y la angustia. Por angustia se entiende la sensación, sentimiento o emoción de encontrarse frente a un peligro poderoso e ineludible, ante el cual nos sentimos totalmente indefensos o inermes.

Si nuestros padres no atendieron adecuadamente nuestras necesidades ni nos ayudaron a tolerar la frustración, crecimos con una mayor o menor sensación de angustia e inseguridad. Aprendimos que el mundo que nos rodea es peligroso y hostil y que no tenemos los suficientes recursos para afrontarlo adecuadamente. En nuestro interior queda grabada esa imagen y a través de ella veremos el mundo que nos rodea (personas, situaciones, acontecimientos, etc.)

La angustia es una energía que nos empuja a protegernos. Nos volvemos defensivos y si recibimos malos tratos, generamos actitudes hostiles hacia los demás. En la medida en la que la angustia se hace más intolerable, las respuestas contra ella se hacen más intensas y urgentes. Estas respuestas son muy variadas y pueden ser clasificadas en cuatro grupos según el medio utilizado: el poderío, la sumisión, el cariño o el aislamiento.

Poderío

Es la necesidad urgente de tener poder sobre el mundo y sobre los demás para superar una situación amenazante. Este poder nace de la angustia y de la sensación profunda de debilidad. Sus manifestaciones más comunes son: la irritabilidad, la necesidad de saberlo todo o fingir saberlo todo, inventar, incapacidad para ceder, afán exagerado de provocar la admiración de los demás, temor a la humillación, urgente necesidad de impresionar, de ser admirado y respetado, hostilidad, tendencia a humillar a los demás, necesidad de desquitarse o vengarse. El lema contra la angustia esSi soy poderoso nadie me hará daño.

La sumisión

Es el intento de complacer los deseos de todos con el fin de evitar que surja algún conflicto, rechazo, abandono o resentimiento. Es incapaz para expresar sus legítimos deseos o críticas y no puede poner límites a los abusos de otros. Es incapaz para decir “no”. Ayuda siempre al prójimo sin un discernimiento adecuado y cede constantemente y en todo a los deseos y órdenes de los demás. Obedece siempre. El lema contra la angustia es: Si cedo no me harán daño.

El afán neurótico de cariño

La persona busca protegerse de la angustia obteniendo cariño de cualquier forma y a cualquier precio, porque se siente abandonada en un mundo hostil. Recurre al afecto para protegerse. Tiene una insaciable necesidad de cariño, por lo que lo pide o exige a los demás permanentemente. Sin embargo, no es capaz de dar ese cariño en forma auténtica. Tiene una enorme sensibilidad frente a la falta de muestras de afecto, de atención o de reconocimiento de los demás. Es altamente susceptible. Se siente con derecho a ser amado siempre, sin la obligación de corresponder a ese amor. Cree que el mundo está en deuda con él. Exige que quien lo ama lo haga sacrificándolo todo, no sólo tiempo o dinero, sino incluso convicciones y hasta la integridad personal. Padece de celos enfermizos y tiene una fuerte tendencia a la codicia.

Obtiene el cariño mediante: 1) El soborno: trata de demostrar cuánto ama o ayuda a otro con el fin de exigirle amor incondicional y dependiente; 2) Conmiseración: trata de suscitar compasión exhibiendo los propios sufrimientos para ser socorrido; 3) Amenaza con hacerse daño a sí mismo o a otros si no se responde a sus demandas. El lema contra la angustia es: Si me quieren no me harán daño.

El aislamiento

Se logra el sentimiento de seguridad retirándose del mundo a través de la desvinculación emocional, la lejanía física, la incomunicación o de no tomar nada en serio para no comprometerse. El lema es: Si me aíslo nadie podrá dañarme.

En estas condiciones, imposible amar.

El común denominador de las personas narcisistas es una actitud de base en la que predomina la urgencia de la conservación, de la autoprotección, al servicio de la cual están, en el nivel emocional, la angustia y la hostilidad que cierran al individuo en el círculo de sus propias necesidades y temores, lo cual explica el insaciable egocentrismo.

Las emociones y sentimientos que se encuentran en este nivel manifiestan una exagerada preocupación del individuo por su propia conservación y protección, de tal manera que queda afectada su capacidad para ver a las personas y al mundo en sí mismos.

Esto es lo que se llama narcisismo. Resulta comprensible que desde esta condición no sólo es prácticamente imposible amar a los demás por sí mismos, sino que resulta difícil “verlos” con respeto. Más que la otra persona, lo que al narcisista le interesa es la satisfacción de sus necesidades y la disminución, al menos temporal, de su angustia.

La relación entre personas narcisistas se vuelve difícil y conflictiva pues ambas son movidas por la angustia y por la necesidad de resolver las propias necesidades. En estas condiciones se torna muy difícil, si no es que imposible, dialogar, escuchar, atender, ceder, negociar y ver por los intereses vitales de ambos. Para mejorar la relación con los demás es necesario reconocer y trabajar para superar el propio narcisismo y aprender a relacionarse lo mejor posible con personas narcisistas.


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